
Este es un mensaje que une memorias, recuerdos y milagros. Un mensaje de gratitud a la vida, para que quien lo escuche o lo lea se inspire a ser un ser humano íntegro, con fe profunda y, sobre todo, con una razón de vivir: demostrar que los milagros existen. Hoy, esa fe se deposita en el Niño de Isinche, quien desde ahora será el patrono de esta noble institución donde me formé y donde nació gran parte de lo que hoy soy.
En la década de los años 70 tuve la oportunidad de recorrer estas mismas gradas, vestido con poncho, siendo apenas un joven con el deseo de comunicar y compartir con otros jóvenes. En ese camino tuve la bendición de encontrar a un gran guía, un hombre extraordinario que marcó mi vida y me formó con una profunda responsabilidad en el arte y en lo humano: Pepe Calvache.
Soy originario de Pilligsill, parroquia Poaló, cantón Latacunga —antes perteneciente al cantón Pujilí—, tierra que llevo con orgullo incluso en mi cédula. Nací en una choza de paja y de madre analfabeta, pero desde niño desarrollé una identidad fuerte gracias a la educación. Estudié en la escuela Simón Bolívar y luego en el colegio Vicente León.
Más adelante, ya en Quito, inicié estudios de veterinaria por mi amor a los animales y la naturaleza. Sin embargo, el cierre de la Universidad Central durante el gobierno de Velasco Ibarra cambió mi rumbo. Ese hecho me llevó a recorrer el país, conociendo sus fiestas, tradiciones, personajes y saberes. Era una época de transformación, cuando después del Concilio Vaticano II muchas festividades cambiaron su forma, pasando a ser organizadas como celebraciones cívicas por parroquias, municipios y prefecturas.
Decidí entonces estudiar Educación Física en la Universidad Central, donde encontré la danza como camino. Posteriormente profundicé en las técnicas de danza en el Instituto Nacional de Danza y amplié mis conocimientos en Brasil, estudiando la pedagogía Waldorf de Rudolf Steiner, donde aprendí la euritmia y la antroposofía.
Con estas bases nació el compromiso de formar una agrupación que represente la cultura del Ecuador. Así nació un proyecto que ha trascendido fronteras, convirtiéndose en un verdadero museo viviente, llevando nuestra identidad a 47 países del mundo. Hemos tenido el honor de bailar para tres Papas y presentarnos en escenarios emblemáticos como la Puerta de Brandemburgo ante más de 750 mil personas, siendo reconocidos dentro del circuito cultural internacional.
En esta institución inicié muchas de las coreografías que hasta hoy permanecen vivas, como La cacería de la venada, El tejido de cintas de Poaló y las fiestas de San Pedro y San Pablo, entre muchas otras. Actualmente contamos con más de 72 coreografías y una familia de 296 bailarines: ballet nacional, infantil, juvenil, de adultos y dos grupos con personas con capacidades especiales.
Estas tradiciones también tienen su raíz en la tierra y en el tiempo. En el sur del país, las fiestas se celebran en homenaje a la cosecha del maíz, del zambo, del zapallo, de la quinua y del amaranto. Mientras que en el norte, las fiestas de San Juan, San Pedro y San Pablo conmemoran la cosecha del trigo y la cebada, productos introducidos por los españoles. Así, nuestras celebraciones reflejan el encuentro de culturas, de saberes ancestrales y de herencias que se han mantenido vivas en el tiempo.
¿Cómo no agradecer a la vida? Pero sobre todo, ¿cómo no agradecer al milagro del Niño de Isinche? Hubo un momento en mi vida en que perdí la vista, después de participar como jurado en Machachi. Aun así, decidí asistir a misa junto a mi familia. Bajé hasta las gradas del santuario y, con profunda fe, ofrecí mis ojos al Niño de Isinche: que se haga su voluntad, que recupere la vista o que la pierda definitivamente.
Pedí a mi familia que no se preocupara, porque entendí que la fe es lo más importante. Y el milagro ocurrió.
El Niño de Isinche, como cada ser humano, tiene su propia historia. Recuerdo un encuentro muy especial con Tamara Estupiñán, quien me llevó a reflexionar sobre nuestras raíces. Hablamos de la historia de Atahualpa y del destino de su linaje. Se dice que sus restos fueron trasladados por la cordillera oriental hasta San Andrés, del cantón Píllaro, y desde ahí pasaron hacia la cordillera occidental, recorriendo territorios como Isinche, Tigua y Zumbahua, hasta llegar a Malqui Machay, ubicado entre La Maná y Sigchos, tierras que pertenecieron a Atahualpa.
En ese lugar se rendía culto a esta momia, hasta la llegada de los españoles. Con el tiempo se levantaron iglesias y se transformaron muchas prácticas. La descendencia del gran maestro Caspicara, de apellido Chile, vive en Saquisilí; mientras que la familia Quishpe, con quienes mantengo relación, vive en Poaló. Esta familia ha sido fundamental en la elaboración de vestuarios tradicionales, bordados en telares para danzantes de Cotopaxi y Tungurahua.
Fueron ellos quienes, hace muchos años, en la casa de mi abuela en Poaló, me entregaron máscaras de guaricha y payaso. Aquellas máscaras se convirtieron en una fuente de inspiración para lo que hoy es JACCHIGUA, reconocido como patrimonio cultural, merecedor del Premio Eugenio Espejo y muchas otras distinciones.
Caspicara crea la figura en madera del Niño de Isinche, representado en oro, y los sacerdotes mandan a dejar esta imagen en un terreno de la hacienda de Isinche, colocada dentro de una shigra con lana. De ahí nace el nombre del Niño de Isinche. Esta imagen, tallada en madera de quishuar, pertenece a la misma época de otras devociones como el Señor de Maca de Poaló, el Señor de Cuicuno y el Señor de San Buenaventura.
Se dice que el Niño de Isinche crece. Muchos dudan, pero también se sabe que su cuidadora protege su imagen, elabora sus vestiduras y evita que se le tome fotografías. Yo tuve la fortuna de recibir una estampa del Niño desnudo en una misa en San Felipe, y gracias a ello he podido conocer su forma original.
Lo más importante es que tengamos identidad, que sepamos quiénes somos, que conversemos con nuestros padres y abuelos: de dónde vienen, qué comían, cómo se vestían, qué música escuchaban. Solo así nuestra educación será verdadera, y no basada en mentiras, sino en nuestra propia historia y en nuestra memoria viva.
Por todo esto, hoy hago la entrega de la réplica en bronce del Niño de Isinche, vestido como danzante, el personaje más importante de la fiesta de Corpus Christi de Pujilí. Recuerdo que cuando llegué a trabajar aquí, existían 131 danzantes que venían los jueves y retornaban los domingos a sus comunidades.
Que este símbolo permanezca como guía, como fe y como identidad para todas las generaciones.
Atentamente,
Rafael Trajano Camino Collantes
Proyecto Niño de Isinche Alfabetización Patrimonial Comunitaria